La curiosidad en la era digital: ¿Los algoritmos están decidiendo por nosotros?
Las plataformas digitales personalizan la experiencia de los usuarios cada día más. Y si bien ésa es precisamente una de las ventajas que ofrece la tecnología, expertos advierten que esta lógica podría limitar la exploración de nuevas ideas. ¿Cómo opera la curiosidad en la era digital? ¿Qué ocurre con nuestra capacidad de descubrir? ¿Los sistemas de recomendación pueden afectar esta habilidad clave para el aprendizaje?

No importa cuál sea la plataforma. Cada vez que abrimos Instagram, YouTube, Tik Tok o Netflix, el contenido que surge parece calzar exactamente con lo que queremos o necesitamos ver. ¿Cuáles son los costos de esta personalización constante?
Si bien no existe una única definición, desde la psicología, la curiosidad se entiende como el deseo o impulso de buscar información nueva. Un motor fundamental para el aprendizaje, ya que transforma la simple memorización pasiva en una motivación intrínseca por adquirir conocimiento.
Cuando surge un interés genuino por descubrir algo nuevo, el cerebro activa regiones clave, como el hipocampo, lo que favorece la concentración, fortalece la conexión con conocimientos previos y mejora significativamente la retención de información a largo plazo.
“La curiosidad es el resultado de nuestra motivación para descubrir y aprender cosas nuevas. Existen diversos factores que pueden despertarla. Por un lado, surge cuando nos damos cuenta de que lo que sabemos no basta para entender el mundo que nos rodea. Por otro lado, también nace del placer que sentimos al vivir experiencias nuevas”, señala el académico de Psicología UC, y director de la Academia de Desarrollo de Talentos Rolando Chuaqui, David Preiss.
Contenido a medida
En la actualidad, los algoritmos filtran, priorizan y personalizan la información que vemos en las plataformas digitales. Determinan a qué publicaciones accedemos en redes sociales, qué videos nos recomienda YouTube o TikTok, o qué productos aparecen en Amazon.
Se trata de programas computacionales que aplican matemáticas estadísticas y aprendizaje automático para predecir qué contenido es más probable que le guste o enganche a cada usuario específico, para luego priorizar.

El riesgo es que este contenido “a medida”, que ofrece la ventaja de conectarnos con lo que nos gusta, optimizar la navegación y ahorrar tiempo, también filtra lo que no coincide con nuestras preferencias, reduciendo la exposición a ideas, voces y realidades distintas. De esta manera, la selección realizada genera círculos intelectuales y sociales que restringen la interacción con los círculos que están ajenos a nuestros intereses. “Esto se conoce como “filtros burbujas”. La motivación es principalmente económica. Lejos de ser neutrales, los algoritmos están diseñados para captar nuestra atención y maximizar beneficios. El modelo de negocio de la mayoría de estas plataformas se financia con publicidad, y más tiempo en pantalla equivale a más ingresos publicitarios. Mostrar contenido que ya sabemos que le gusta al usuario es la estrategia más efectiva para retenerlo”, señala Gabriela Arriagada, académica del Instituto de Éticas Aplicadas y del Instituto de Ingeniería Matemática y Computacional de la UC.
Para el profesor David Preiss esto es especialmente preocupante, ya que la exposición limitada a puntos de vista distintos puede fomentar la polarización social. “Así, los algoritmos nos llevan una y otra vez al lugar de partida, reforzando nuestro sesgo de confirmación. La creencia de que ese pequeño lugar que habitamos es toda la realidad o que la opinión que tenemos no tiene refutación. Al reducir nuestras brechas de conocimiento, reducen nuestra subjetividad y curiosidad, y, en el peor de los casos, generan las condiciones perfectas para incrementar la polarización y la xenofobia”.
Una muestra de que los algoritmos pueden reducir la exposición a perspectivas discrepantes o inesperadas, limitando oportunidades para una curiosidad epistémica más amplia, es lo que quedó al descubierto en un experimento de campo realizado por Ro’ee Levy el año 2021.
Para estimar cómo la exposición a noticias en Facebook afecta el consumo informativo y la polarización, el profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de Tel Aviv e investigador asociado en el CEPR de Economía Política ofreció aleatoriamente suscripciones a medios liberales o conservadores a los participantes de su investigación, lo que permitió observar efectos sobre exposición en Facebook, visitas a sitios de noticias, interacción con contenidos y actitudes políticas.
El estudio encontró que la exposición a noticias en redes sociales afecta la orientación ideológica de los sitios que las personas visitan. Además, se observó que el algoritmo de Facebook tiende a mostrar menos publicaciones de medios contra-actitudinales, incluso cuando las personas están suscritas a ellos.

Personalización y sobre-información
Desde una mirada cognitiva, la falta de novedad también impacta en el aprendizaje, la creatividad y el pensamiento crítico. La curiosidad es un aspecto clave para expandir nuestros dominios de conocimiento. “Cuando esa exploración disminuye, se reduce nuestra capacidad de imaginar alternativas y construir nuevas perspectivas. Eso limita la creatividad y la capacidad de generar nuevas ideas”, señala el académico de Psicología UC, David Carré.
Y aunque aún no existen estudios concluyentes de que la curiosidad desaparezca, sí puede volverse más pasiva. “Si no fuésemos curiosos nos quedaríamos siempre en el mismo lugar. Los algoritmos buscan que dejes de buscar activamente para que veas lo que te muestran. No necesariamente matan la curiosidad, lo que hacen es organizar las condiciones bajo las cuales la curiosidad puede surgir. Es lo que se ha denominado spoon fed. Contenido servido en la boca”, explica Carré.
Y si bien existe una sobreabundancia informativa, la disponibilidad no necesariamente garantiza exploración. “Paradójicamente, ahora que tenemos acceso a un mundo infinito de contenidos, los algoritmos nos cierran la posibilidad de ampliar nuestras perspectivas y de conocer lo que aún ignoramos”, señala David Preiss.
Las implicancias de esto son especialmente relevantes en etapas tempranas de la vida. En niños y adolescentes, donde la exploración es un aspecto clave para el desarrollo. “Cuando las recomendaciones personalizadas se vuelven omnipresentes, existe el riesgo de que esa exploración se reduzca. Si el mundo que un niño o adolescente conoce se estrecha, también se estrechan las posibilidades de desarrollo. En ese sentido, la menor capacidad de autorregulación frente a contenidos digitales hace que la exposición repetida a lo mismo sea aún más crítica”, advierte Carré.
A qué estar atentos

Si en la actualidad los algoritmos están procesando información relacionada con los hábitos de visualización (tiempo total de reproducción, tasa de finalización y patrones de abandono), interacciones (tasa de clics en recomendaciones), comportamientos de búsqueda y diversos datos contextuales (dispositivo, ubicación, horario y condiciones de conectividad); investigaciones más avanzadas muestran que algunos sistemas están apuntando aún más lejos. “Existen sistemas de recomendación que incorporan emociones del usuario al proceso, analizando datos como expresiones faciales, tono de voz e incluso señales fisiológicas, para adaptar las recomendaciones al estado emocional actual del usuario. Esto todavía es experimental, pero representa la dirección hacia donde apunta la industria”, señala Gabriela Arriagada.
Y aunque el panorama parece abrumador, no necesariamente es determinista. Los expertos señalan que las plataformas digitales también pueden ser espacios de descubrimiento, dependiendo de cómo son utilizadas.
Una señal para identificar si una plataforma prioriza el enganche por sobre el descubrimiento es si utiliza mecanismos como el scroll infinito (eliminar las pausas naturales que invitan a reflexionar o cambiar de tema), Autoplay (que el siguiente contenido comience solo), sistemas de rachas y recompensas (incentivos para volver a la misma plataforma y no explorar otras) o ausencia de motores de búsqueda o secciones temáticas.
“Una plataforma orientada a fomentar la curiosidad debe incorporar lo que los diseñadores llaman serendipidad. La posibilidad de encontrar algo valioso que no se estaba buscando (…) Un ejemplo es lo que ocurre con Wikipedia, cuya estructura de hipervínculos invita a saltar entre temas relacionados, pero distintos, creando los llamados “rabbit holes”, que van desde un artículo sobre una película hasta filosofía o historia medieval”, explica Arriagada.
Responsabilidad compartida
El nuevo escenario digital exige que los usuarios sean capaces de adoptar hábitos más conscientes respecto a su navegación, pero también plantea la necesidad de marcos regulatorios que aborden esta realidad. “La única manera de bajar la intensidad de lo que se ofrece constantemente es a través de regulaciones para la industria”, señala David Carré.
En Europa, e incluso en Chile, se están viendo esfuerzos por abordar esta problemática. Sin embargo, la profesora Gabriela Arriagada advierte que el foco sigue siendo la transparencia y los contenidos ilegales, no el impacto cognitivo o la curiosidad. “En Chile, hay movimiento legislativo reciente y relevante. En junio de 2026 ingresó a la Cámara de Diputados un proyecto que busca crear un estatuto de responsabilidad algorítmica y protección digital de niños, niñas y adolescentes, estableciendo obligaciones específicas para proveedores de plataformas digitales. Uno de sus ejes es la regulación del denominado “diseño algorítmico adictivo”. Lo que está ausente, eso sí, tanto en Chile como globalmente, es una regulación que considere el impacto en el desarrollo cognitivo y la capacidad de curiosidad. No solo los riesgos de adicción o contenido dañino. Una regulación centrada en el diseño apunta al núcleo del problema. Obliga a preguntarse si una plataforma está diseñada para informar, educar, entretener o conectar, o si está diseñada principalmente para captar la atención, extraer datos y prolongar el uso”, dice.
Finalmente, en tiempos que todo parece diseñado para anticipar nuestros deseos, preservar la curiosidad podría convertirse en una de las formas más importantes de libertad. “Somos una especie naturalmente curiosa. Perder esa capacidad, implicaría reducir nuestro potencial para crear, innovar y comprender el mundo más allá de lo que un algoritmo considera relevante. Lo importante sería proteger eso que nos hace inherentemente humanos”, afirma Carré.