Académicas EPUC impulsan proyecto que busca fortalecer las comunidades educativas de jardínes infantiles ante situaciones de inseguridad y violencia

El trabajo, liderado por María Pía Santelices y desarrollado para UNICEF, buscó diseñar un modelo de intervención en jardínes infantiles situados en contextos de violencia callejera, el cual fue presentado recientemente ante la subsecretaria de Educación Parvularia, Claudia Lagos; la vicepresidenta Ejecutiva de Junji, Daniela Triviño; y el director ejecutivo de Fundación Integra, Carlos González Rivas. Una propuesta elaborada con una mirada interdisciplinaria, en la que también participaron la profesora Marcela Aracena, junto a Pamela Rodríguez y Carolina Castro de la Facultad de Educación.

Según la encuesta CASEN de 2017, un 49,7% de los hogares con niños, niñas y adolescentes declararon haber presenciado o vivido en el último mes situaciones de violencia en su entorno residencial, es decir en sus barrios o poblaciones. Un contexto que lamentablemente afecta a comunidades educativas como jardínes infantiles. Problemática que busca abordar el “Proyecto piloto para el fortalecimiento de comunidades educativas de educación parvularia en situaciones de inseguridad y violencia”, presentado para UNICEF por CUIDA UC.

Se trata de una iniciativa interdisciplinaria, liderada por la académica de Psicología UC, María Pía Santelices, de la que también formaron parte la profesora Marcela Aracena (EPUC), junto a Pamela Rodríguez y Carolina Castro de la Facultad de Educación. “Se trata de un tema tan complejo que requiere de un trabajo en conjunto. Y no solo logramos diseñar una intervención con una mirada desde la psicología y la educación, sino que es un proyecto co-construido con la propia comunidad. Partimos con una parte cualitativa e hicimos un diagnóstico en tres jardines infantiles de Integra, situados en los lugares más peligrosos de Chile. Un diagnóstico en el que buscamos pesquisar cómo percibían el tema de la violencia, qué habían hecho, y qué se podía hacer al respecto”, señala Santelices.

La realidad que arrojó ese diagnóstico fue que las comunidades se sienten desprotegidas y con poco apoyo institucional. “Y algo que nos pareció muy grave fue que los niños y niñas, con un ejercicio muy pequeñito que hicimos para ver su reacción frente a ruidos fuertes (que no necesariamente eran ruidos de violencia de tipo callejera), espontáneamente comenzaban a hablar de balaceras. Eso nos alertó muchísimo, que niños de 3 años ya están percibiendo un ambiente violento, manifestando emociones de miedo, temor, y sorpresa”, explica la académica.

Otro de los hallazgos que también preocupó a las investigadoras es que las profesionales que presentan mayor exposición a esta violencia tienden a normalizar estos hechos de forma más recurrente. Incluso, pueden llegar a negar las reacciones emocionales de los niños y niñas. “Y eso es muy grave, porque obviamente el primer paso es tomar conciencia del impacto que tiene esta violencia en nosotros, y luego el impacto que genera en los niños y en las niñas. A partir de ahí se puede hacer algo. Pero si hay una normalización, es gravísimo, porque los niños que están mirando están esperando la reacción de los adultos. Y si los adultos no hacen nada, ellos piensan que es normal. Y no… no es normal que niños de tres años estén acostumbrados a balaceras. Necesitan tener la posibilidad de expresar sus miedos, de poder elaborar lo que pasó, y que se les considere como víctimas de una experiencia traumática”, explica la académica.

Normalizar la violencia

¿Qué tan grave puede ser que exista una visión del fenómeno centrada en las personas adultas, sin visibilizar el impacto en niños y niñas? De acuerdo a la experta, al no reconocer sus propias emociones, empieza a fallar la capacidad de mentalización. Y esto puede generar consecuencias en su vida adulta. “En el fondo se les enseña desde pequeños que frente a una situación traumática o adversa no hay espacio para el mundo interno. Y al negar el mundo interno empiezan a funcionar solamente de manera instrumental, sin conexión con las propias emociones. Eso, a la larga, genera un tipo de personalidad poco conectada con las emociones y poco empática con los demás. Con menores habilidades sociales”, dice María Pía Santelices.

Tras este primer paso, a partir de un marco teórico de la adversidad temprana, de los riesgos que tiene, y del estrés tóxico, comenzaron el diseño de una intervención que constó de una parte presencial y otra online, en jardines de la Región del Libertador Bernardo O’Higgins, de la Región del Bio Bio y de la Región Metropolitana.

El proyecto, que buscó diseñar e implementar un modelo de intervención pertinente y focalizado para prevenir y mitigar el impacto de la violencia callejera en niños, niñas y equipos educativos de jardínes infantiles situados en contextos de altos niveles de violencia callejera, consideró la participación de los diversos actores de la comunidad educativa (niños, niñas, equipos educativos, familias, actores comunitarios del contexto, etc.) en su diseño e implementación.

De acuerdo a la profesora de la EPUC, Marcela Aracena, quien se encargó de todo lo que fue el diagnóstico cualitativo del proyecto, el cual posibilitó contar con las opiniones de los distintos actores sociales, uno de los desafíos más complejos fue desde el punto de vista ético. “Escuchar las complejidades que vive la población hoy en día respecto al tema de la violencia. Yo creo que fue lo más difícil para el equipo”.

Sin embargo, el constatar esta realidad y exponerla ante quienes toman las decisiones respecto a la política pública, es una oportunidad que agradecen las investigadoras que expusieron los resultados de este proyecto piloto en una reunión en la que estuvieron presentes diversas autoridades, como la subsecretaria de Educación Parvularia, Claudia Lagos; la vicepresidenta Ejecutiva de JUNJI, Daniela Triviño; y el director ejecutivo de la Fundación Integra, Carlos González Rivas. “UNICEF valoró tanto el hecho de haber realizado este piloto en estos tres jardínes en tres regiones distintas; y que hayamos realizado una evaluación cuantitativa y cualitativa del proyecto, que organizaron esta reunión. Esto porque los resultados son prometedores. Los equipos se sensibilizaron respecto al impacto que tiene en los niños y en las niñas la violencia callejera. Eso ya quedó como un conocimiento adquirido. Se dieron cuenta que el estrés tóxico, si uno no le otorga espacio a la elaboración, puede ser muy dañono. Es necesario un espacio de autocuidado”, señaló María Pía Santelices.

Es que pese a que actualmente existen ciertos protocolos o se han tomado ciertas medidas desde el punto de vista de la infraestructura, aún hay una gran deuda pendiente respecto al cuidado socioemocional de los niños y de los equipos. “Nuestro proyecto pone el énfasis en eso. Y creo que ésta es una primera conversación que permite dar cuenta de esta realidad. Si alguien no la muestra, es difícil que pueda cambiar. Y acá hay un estudio que da luces importantes. No podemos permitir que se normalice la violencia y sea parte de la cotidianeidad”, afirma la profesora Marcela Aracena respecto al proyecto en el que también participaron la estudiante del Doctorado en Psicoterapia de la UC, Catalina Undurraga; y la psicóloga UC, Camila Pinto.
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Texto:
Andrea Fuentes Uribe, Comunicaciones Psicología UC
Fecha: 06-01-2025